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Como en España no se vive en ninguna parte (ni se vivirá jamás)

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La frase perdura en el vocabulario nacional, inmune a desperfectos políticos, crisis económicas y realidades incómodas, transmitida de generación en generación, repetida con la religiosidad de los votos de una boda, en la prosperidad y en la adversidad, con tres o seis millones de parados, digan lo que digan, COMO EN ESPAÑA NO SE VIVE EN NINGUNA PARTE.

Nosotros no somos como esos alemanes que tiran el dinero alquilando su vivienda: propietarios de nuestras casas es lo que somos, aunque las hayamos pagado al triple de su valor y nos las guarde el banco. Nada tenemos que ver con esos suecos que se marchan de la oficina a las seis y pasan por la vida sin la emoción de competir por ver quién se queda más tarde esperando la palmadita del jefe. Los muy conciliadores familiares. O con los británicos y su aburrido té de las cinco, su aburrida BBC, sus aburridas instituciones que funcionan y sus aburridos ministros que dimiten por multas de tráfico. No saben divertirse.

El índice de Desarrollo Humano de la ONU nos sitúa en el puesto 23, justo detrás de Eslovenia y con pinta de empeorar. Pero nos hacen trampas, como en Eurovisión. Utilizan indicadores como la educación, las oportunidades o la igualdad. Que si el 16,7% de los niños españoles sufren pobreza severa. Que si el índice de bienestar ha caído un 13,7%, agrandando la brecha entre los que tienen de sobra y los que no llegan. Que si la mitad de nuestros jóvenes no tienen trabajo, la mitad de los que sí tienen trabajan por debajo de su cualificación y la mitad de estos últimos viven con sus padres, porque no les alcanza para una vivienda. Señores de la ONU, la calidad de vida son otras cosas.

En España tenemos más sol, bares, fiestas, jamones, Champion Leagues, frikis y pisos ilegales con vistas al mar que nadie, estos últimos legalizados de un plumazo ahora que el Gobierno ha descubierto que la solución a la crisis es repetir lo que nos llevó a ella. A ver si aprenden los italianos, que vas a la Toscana y parece el siglo XVII. Ni chiringuitos, oiga.

Ahora hay muchos españoles que se están marchando, en la mayor migración desde la Guerra Civil, pero la ministra de empleo Fátima Bañez, que ha gobernado sobre la destrucción de un millón adicional de puestos de trabajo, dice que se van de excursión y en busca de enriquecimiento personal. Por la “idea de intercambio”, aseguraba días atrás. Cómo iban a irse forzados por la incompetencia de políticos como ella, si nos han construido el país donde se vive mejor que en ninguna parte.

La ministra tiene cinco pisos en Huelva, dos fincas y vivienda en Madrid, pero como diputada cobra cada mes 1.823,86 euros extras de sueldo por alojamiento y manutención. También dispone de viajes gratis en avión, tren y barco; almuerzos y copas subvencionadas en el Congreso, asesores, IPAD y teléfono móvil con cargo al presupuesto, chequeos médicos gratuitos, la pensión máxima garantizada con solo siete años de cotización (algunos más para usted y yo), coche oficial y una tarjeta para desplazarse en taxi por valor de 3.000 euros anuales, tan necesaria cuando se avería el coche oficial. Pero en el Nirvana ibérico no existe el resentimiento. La prioridad es mantener intacto lo logrado, así que en cuanto haya oportunidad reelegiremos a toda la casta política, no vaya la ministra de empleo a quedarse sin el suyo.

Luego miras a tu alrededor y es verdad que da pena ver a esos ministros nórdicos que van a trabajar en autobús, a los finlandeses bajándose el sueldo, quizá castigados por haber creado el mejor sistema educativo del mundo, o a los británicos teniendo que pagar de su bolsillo hasta la cartera ministerial, si quieren llevársela a casa cuando dejan el gobierno. Hacemos bien en seguir gritando a los cuatro vientos que como en España no se vive en ninguna parte, porque es cierto. Aunque quizá habría que preguntarse para quién.

David Jiménez, periodista y escritor

 

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