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Cuentos glaciales de Jacques Sternberg

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Jacques Sternberg (Amberes, Bélgica, 17 de abril de 1923 – París, Francia, 11 de octubre de 2006) fue un novelista, cuentista, guionista y periodista belga-francés de origen judío.
Su trabajo en el campo de la ciencia ficción y de la literatura fantástica y la impresionante cantidad de microrrelatos que escribió (alrededor de 1.500), además del guion de la película Je t’aime, je t’aime, dirigida por Alain Resnais, y su participación en el célebre Grupo Pánico, lo hicieron mundialmente reconocido.

LOS ESCLAVOS

En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.
Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.
Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

EL CASTILLO

El señor del castillo vivía solo y, como sabía todo el mundo, nadie había traspuesto jamás el vallado que limitaba la propiedad. Era una valla alta, de hierro admirablemente forjado, y daba a una extensa alameda bordeada de otros árboles. En medio de los álamos podían verse un área de césped, un estanque, una escalinata y la fachada principal del castillo, con sus ventanas amplias siempre cerradas de día, con sus cortinas negras siempre corridas de noche. Unos inmensos árboles ocultaban las otras caras del castillo. En cuanto al amo del lugar, de vez en cuando podía vérselo en la aldea, especialmente los martes. Hasta que, un buen día, no se lo vio más. Entonces unos hombres entraron por vez primera en el castillo y hallaron al señor, exánime, muerto sin duda por causas naturales, yacente sobre un colchón que había extendido directamente en el suelo. El parquet estaba hecho de unas planchas desunidas, casi enmohecidas; tampoco los tabiques eran muy valiosos. El señor del castillo habitaba, en rigor, una casita de madera y alquitrán, diminuta y húmeda, recubierta apenas con un montón de viejas bolsas, cosidas unas con otras; una miserable conejera en un terreno fangoso, tras la fachada de un castillo.Porque del castillo, en verdad, nadie había visto nada más que su fachada durante años: un decorado de yeso solemnemente plantado en el vasto parque.

LO IMPENSABLE

En aquel mundo en el que la mente humana no podía diferenciar lo vivo de lo inanimado ni distinguir los elementos que constituían el suelo, los hombres cometieron un grosero desliz que costó la vida de una tripulación. Seducido por la deslumbrante orquestación vegetal que estallaba en medio de aquel paisaje cristalino, un biólogo cortó una planta de colores asombrosos y la colocó en un vaso con agua. Ese gesto fue la causa del incidente. No era una planta lo que el biólogo acababa de arrancar. Era el jefe de los guerreros de aquel mundo.

EL PENSAMIENTO

Primero cayó la bomba. Jamás se supo de dónde venía ni quién la había arrojado, pero explotó sin hacer ruido, sin ninguna deflagración de luz y sin matar a nadie. Tres horas después, a partir de cierto instante, los pensamientos se volvieron contagiosos en el mundo. En cadena, como una epidemia gradual. En ese preciso instante, cierto hombre había pensado en suicidarse y su pensamiento había sido más intenso y poderoso que los demás. Cientos de hombres pensaron, acto seguido, en lo mismo. Luego, miles y millones de hombres. Y todos pasaron en conjunto a la acción. Dos días más tarde, muy tranquilos, los seres de otro planeta arribaron a la Tierra, la invadieron y la conquistaron sin necesidad de armas ni de combates
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EL ATERRIZAJE

Cuando los stralkos se contactaron por primera vez con nuestro mundo, aterrizaron en África, en medio de la maleza, muy cerca de una aldea zulú. Tomaron notas, dedujeron las leyes y las costumbres generales y, un año más tarde, invadieron la Tierra con el objeto de anexarla. Se habían maquillado de negro, habían untado sus cuerpos con abundantes pinturas y se habían armado con piedras y flechas. Pero, esta vez, aterrizaron en Estados Unidos, entre Boston y Chicago
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Jacques Sternberg
Fuente del texto Wikipedia.

 

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