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Curro Jiménez y los bandoleros de la casta

Curro Jiménez

Me tumbé en una hamaca de una playa de Formentera y el encargado me pidió 20 euros. Me pareció un precio justo, si hubiera incluido champán y abanicado cada cinco minutos. Fui a jugar al tenis a una pista municipal en Madrid: 6,5 euros más el parquímetro. Pensé de dónde sacarían el dinero los chavales del barrio. En un bar de Chueca me preguntaron si quería mi bebida de importación, sin saber que el camarero tendría que ir a buscar el vodca a Moscú. Eran 15 euros.

Sorprende la facilidad con la que el sablazo, esa tradición tan española, ha sobrevivido a los tiempos de crisis. Lo practican desde el chiringuito de playa al gobierno, sin disimulos ni remordimientos. Con un “ya ha caído otro pardillo”, a lo más. Después de todo, este es el país donde se llegó a pedir por una vivienda lo que en Manhattan y quedaban como idiotas quienes no compraban, para mayor descojono de promotores, banqueros y políticos de la “España va bien” (que lo sigue siendo, para ellos).

Los españoles pagan la luz, teléfono móvil, multas de tráfico o comisiones bancarias más caras de Europa, a menudo a cambio del trato más chapucero. La gente se siente tan estafada, que no le queda más remedio que resarcirse a la menor oportunidad y lo termina pagando el desgraciado que vaga por la playa en busca de una hamaca. Es un sablazo piramidal que empieza con esos políticos que arruinaron las administraciones y decidieron pasar la factura a los ciudadanos. Esta misma semana el Estado perdió otros 11.800 millones con la venta de Catalunya Banc. Sorpresa, sorpresa: mientras el contribuyente perdía el equivalente a los recortes en Educación y Sanidad, el negocio lo hacía otro banco. Alguien se ha ganado un asiento en otro consejo de administración de la oligarquía, cementerios dorados de políticos que tomaron las “decisiones correctas”.

Tampoco es que nadie vaya a escandalizarse, una vez asimilado que toca vivir en un país donde se pagan impuestos noruegos, a cambio de servicios griegos, para que los mismos que han hundido el país -con la ayuda inestimable de votantes reincidentes- puedan mantener abierto el chiringuito clientelar del que maman amigos, sobrinos y abrazafarolas. Luego les llamas casta y se hacen los ofendidos, porque claro, ellos no le han puesto una pistola en la cabeza a nadie. Pero casi sería preferible, por eso de que se nos quedaría menos cara de idiotas. Se echa en falta a los bandoleros de antes, en plan Curro Jiménez, que al menos te robaban de frente y con un poquito de honestidad.

David Jiménez, periodista y escritor

 

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