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Curso básico de injusticia.

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La publicidad manda consumir y la economía lo prohíbe. Las órdenes de consumo, obligatorias para
todos pero imposibles para la mayoría, se traducen en invitaciones al delito.
Las páginas policiales de los diarios enseñan más sobre las contradicciones de nuestro tiempo que
las páginas de información política y económica. Este mundo, que ofrece el banquete a todos y
cierra la puerta en las narices de tantos es, al mismo tiempo, igualador y desigual: igualador en las
ideas y en las costumbres que impone, y desigual en las oportunidades que brinda.

A través de los medios masivos de comunicación, los dueños del mundo nos comunican la obligación
que todos tenemos de contemplarnos en un espejo único, que refleja los valores de la cultura de
consumo.

El mismo sistema que necesita vender cada vez más, necesita también pagar cada vez menos.
Esta paradoja es madre de otra paradoja: el norte del mundo dicta órdenes de consumo cada vez
más imperiosas, dirigidas al sur y al este, para multiplicar a los consumidores, pero en mucha mayor
medida multiplica a los delincuentes.

Nunca ha sido menos democrática la economía mundial, nunca ha sido el mundo tan escandalosamente
injusto. El valor de los productos para mascotas animales que se venden, cada año, en los Estados
Unidos, es cuatro veces mayor que toda la producción de Etiopía.

La economía latinoamericana es una economía esclavista que se hace la posmoderna: paga salarios
africanos, cobra precios europeos.

En muchos países del mundo, la justicia social ha sido reducida a justicia penal. El estado vela por la
seguridad pública: de los otros servicios, ya se encargará el mercado; y de la pobreza, gente pobre,
regiones pobres, ya se ocupará Dios, si la policía no alcanza. La pobreza mata cada año, en el mundo,
más gente que toda la segunda guerra mundial, que a muchos mató.

El poder, que practica injusticia y vive de ella, transpira violencia por todos los poros. Sociedades
divididas en buenos y malos: en los infiernos suburbanos acechan los condenados de piel oscura,
culpables de su pobreza y con tendencia hereditaria al crimen: la publicidad les hace agua la boca
y la policía les echa de la mesa. Hasta hace veinte o treinta años, la pobreza era fruto de la injusticia.
Lo denunciaba la izquierda, lo admitía el centro, rara vez lo negaba la derecha. Mucho han cambiado
los tiempos, en tan poco tiempo: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece.

El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso.

Países en desarrollo es el nombre con que los expertos designan a los países arrollados por el desarrollo
ajeno. Todos los antecedentes históricos enseñan que la libertad de comercio y las demás libertades del
dinero se parecen a la libertad de los países, tanto como Jack el Destripador se parecía a san Francisco
de Asís.

Cada vez que se reúnen, y se reúnen con inútil frecuencia, los presidentes de las Américas emiten resoluciones
repitiendo que “el mercado libre contribuirá a la prosperidad”. A la prosperidad de quién, no queda claro.

Eduardo Galeano. Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

 

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