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EL CAMINO DE LA FELICIDAD- Parte ll

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Si uno quiere saber cómo se encuentra ese rumbo, la pregunta que debe hacerse es muy sencilla: ¿para qué vivo? ¿Qué sentido tiene vivir? Si uno no define qué sentido tiene su vida, podría suceder que llegara a la conclusión de que su vida carece de sentido alguno, lo que resultaría complicado si quiere ser feliz. Asimismo, si la respuesta que me doy es algo “solamente conseguible”, una meta alcanzable –como, por ejemplo, ganar 10.000 euros al mes–, el día que lo consiga… ¿qué voy hacer? ¿Suicidarme? ¿Dejar de ser feliz? ¿Perder el rumbo? Esa persona se perderá otra vez.

Imaginemos, por ejemplo, que lo que diera sentido a mi vida fuera construir tantos hospitales como resultaran precisos para que nadie sufriera una enfermedad nunca más ni necesitara ser asistido. La verdad es que no se trata de una meta que alguien pueda conseguir en su vida, pero ir en esa dirección puede dar al que lo desea la conciencia de que está en el camino cierto. Y tampoco hace falta ser tan altruista. Así, puede que haya un cantante de rock que lo único que quiere es ser el más famoso de los cantantes de rock en todo el mundo y que no haya un lugar en el mundo donde no se escuche su música. Mientras él conduzca en esa dirección, puede ser que se sienta feliz haciendo aquello que para él es importante –y que, no lo olvidemos, es su rumbo, no su meta de llegada–.

Es decir, no importa que estemos de acuerdo con tal o cual rumbo. No estamos hablando de moral, pensando qué rumbos están bien o cuáles están mal. Por el contrario, pensemos en que hace falta saber qué sentido se le va a dar a la vida y qué se va a hacer para encaminar la vida de cada uno.

A partir de ahí, las cosas suceden más o menos así. Cada vez que tu camino coincida con el rumbo que decidiste, te sentirás satisfecho, sereno y tranquilo, aunque lo que esté pasando no sea maravilloso; y cada vez que te alejes del rumbo que le da sentido a tu vida, te sentirás infeliz, aunque sean placenteras algunas cosas que te ocurran.

Este pequeño secreto lo extraigo de mi experiencia personal. Cuando uno lee Cartas para Claudia, el primer libro que escribí en mi vida (hace ya veinte años), se puede entrever que lo que daba sentido a mi vida en aquel momento era el placer y el disfrute. Tanto era así, que yo escribí en Cartas para Claudia lo siguiente: “Sólo tiene sentido aquello que me da placer. Si no me da placer, no lo hago”. En ese momento yo pensaba eso; y no es que estuviera mal, simplemente estaba bien para ese momento de mi vida.

Sin embargo, un día que tenía que dictar una conferencia en una provincia bastante alejada de Buenos Aires, mientras caía una fuerte tormenta y yo estaba muy engripado, empecé a darme cuenta de que más importante que ir a aquel lugar y agradar al auditorio era el placer que me daba quedarme en mi casa con mi familia. Entonces, fiel a lo que yo pensaba y creía, me dije: “Si no me da placer hacerlo, no lo hago porque no tiene ningún sentido”. Sin embargo, cuando empecé a pensar en no ir a esa charla, también comencé a darme cuenta de que, ciertamente, era más placentero quedarme en mi casa, pero que no me sentía tranquilo ni contento con mi decisión, que no estaba satisfecho, que había algo que no funcionaba. Entonces empecé a darme cuenta de lo que sucedía: no es que hubiera estado equivocado hasta entonces, sino que simplemente había cambiado de rumbo. Me importaba más llegar hasta la gente de aquella lejana provincia para decirle lo que yo tenía preparado comunicar que el placer de quedarme en mi casa.

¿Significa lo anterior que una cosa es mejor que la otra? No, sólo sucede que el rumbo se va cambiando. No se cambia en cada momento, pero hay etapas de la vida donde cada uno elige. Yo diría que hay momentos en los que nos atamos al placer, y otros en los que buscamos ciertas cuotas de trascendencia, ya sea moral, ética o espiritual (o simplemente la gloria, cada uno es libre). Algunos viven su vida tratando de conseguir algún tipo de poder, bien sea el poder para ayudar a los demás, el poder del conocimiento de uno mismo, el poder político, el poder del dinero, etc. Finalmente, algunos deciden que lo que da sentido a su vida es una misión incumplible que, no obstante, da rumbo y pone un horizonte en su vida.

Ahora bien, ¿cómo se sabe cuál es el rumbo correcto? ¿Uno va por la calle, y un día un rayo le cae y lo ilumina? No, de ninguna manera. Se trata de una decisión personal que debe tomar cada uno. Por ello, nadie nos puede decir con qué seremos felices. Es mentira que podamos enseñar a nuestros hijos qué tienen que hacer para ser felices. Como mucho, podremos contarles qué hicimos nosotros, cómo nos fue bien y mal. A todos nos ha sucedido, en algún momento de nuestra vida, que nos hemos sentido mal y hemos dicho que no nos sentíamos bien o que no éramos felices. Entonces alguien se nos acercó y respondió: “¿Tú no eres feliz? ¿Con todo lo que tienes, no eres feliz? ¿Cómo puede ser eso? Si yo tuviera la mitad de lo que tú tienes, sería muy feliz”. Esa persona no entiende que, en realidad, ella sería muy feliz con esa mitad. Ahora bien, posiblemente cada uno sea único, indivisible e irrepetible, y posiblemente cada uno haya encontrado sus propias respuestas.

Para encontrarlas, por supuesto, hace falta dar el primer paso, que es conocerse. Es irremediable, si queremos ser felices, empezar por el principio, que es dedicar algún tiempo a prestar atención a saber quién soy, a mirarme de verdad y lo menos subjetivamente que pueda. Esto significa dos cosas. Por un lado, mirarme a mí mismo; por el otro, aprender a escuchar lo que los otros dicen –y ven– de mí.

Tomemos un ejemplo sencillo. Para cualquiera de los que nos conocen no demasiado cercanamente es muy difícil reconocernos por otra cosa que no sea nuestra cara. Sin embargo, sucede una cosa tan extraña y tan misteriosa como que nadie ha visto su cara directamente, sino que para ello siempre ha necesitado un espejo, una fotografía o un dibujo. Siempre ha necesitado algo que le devuelva su imagen para poder verla. Sin embargo, estoy hablando de aquello que nos define y dice quiénes somos; paradójicamente, a pesar de que otra persona y yo nos estemos mirando, ella tiene más capacidad de verme a mí que la que tengo yo, y lo mismo sucede con los aspectos psicológicos que determinan quién soy yo. Aquellos aspectos psicológicos, espirituales o mentales de la identidad que hacen que cada uno sea como es no siempre están abiertos a la mirada propia.

A veces somos ciegos a esas cosas; y la única posibilidad que tenemos para verlas es la mirada del otro (que es el espejo). Ahora bien, si nunca escucho al otro porque no quiero escuchar lo que dice o no me importa su opinión o en realidad me creo superior; o porque exclusivamente me interesa escuchar a la gente que me dice cosas buenas; o porque no me interesa la objetiva mirada de mis amigos o de mis seres queridos, entonces habrá algunas cosas que nunca sabré. Por eso, si de verdad quiero enterarme de quién soy, saber de mí y conocerme, tendría que empezar por sintonizar mis oídos y escuchar a los demás, con el fin de escuchar de verdad lo que otros dicen de mí.

Si pudiéramos hacer esto, empezaríamos a conocer algunos aspectos nuestros todavía desconocidos. Así, si cualquiera se planta frente a mí y me dice: “Bucay, eres un idiota”, yo de verdad me preguntaría: “¿Soy un idiota yo?”. Esto hace que uno se conozca, si bien hay que tener cuidado y desde el principio no responder, cuando el otro nos dice que somos idiotas, lo siguiente: “El idiota eres tú”. Es decir, hace falta que yo vea un pedacito de esto en mí. Un amigo me ilustró esta idea hace muchos años diciendo que, cuando alguien señala a otro con el dedo, mientras su índice acusa a la otra persona, los otros tres dedos se dirigen al acusador.

Es decir, quizá yo sea muchas veces todas las cosas que señalo al otro; y no sólo las malas, sino también las buenas. Qué bueno sería hacerme cargo de que yo soy las cosas que el otro ve en mí, y también las cosas que yo digo de los demás. Conocerse es adueñarse de todas estas cosas que cada uno de nosotros es en mayor o menor medida.

Ahora bien, debemos saber todas esas cosas no sólo estáticamente, sino también para después construir con ellas lo que sigue, que es aceptarse. Aceptarse no quiere decir resignarse, dar algo por hecho y dejarlo en ese lugar, sino tomar conciencia del punto de partida de las cosas. ¿Cómo puede una persona dejar de estar gorda si primeramente no acepta que lo está? Aceptarse es perder la urgencia y el enojo porque las cosas son como son. Aceptarse es no enojarse con la realidad. Si me enojo, no construyo. Quien está enojado está irritado como los ojos cuando les entra arenilla. Es decir, la persona enojada está tensa y contesta destempladamente; y, además, esa “basurilla en el ojo” le impide ver con claridad.

Por tanto, la persona que acepta está en condiciones de hacer lo necesario para empezar a cambiar. Paradójicamente, aceptar es poder empezar a cambiar; y no aceptar es quedarse con la idea de que, aunque algo no puede ser, tampoco hay por dónde empezar a cambiar. Quien de verdad quiere crecer y desarrollarse, debe aceptar la realidad tal como es.

Enrique Mariscal, terapeuta argentino y amigo mío, dice que los hombres y las mujeres necesitan para crecer H2O. Ahora bien, Mariscal continúa diciendo que, a diferencia del H2O de las plantas, el H2O de los hombres y de las mujeres no está formado por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Por el contrario, nuestro H2O está compuesto por una primera H de honestidad; si quieres crecer, debes aceptar honestamente que las cosas son como son, dejar de mentirte y engañarte, y de engañar a los otros. Debes enfrentarte con la verdad honestamente.

La segunda H es la de humildad; si quieres crecer, vas a tener que agregar humildad a tu vida, saber que tienes tus capacidades y tus discapacidades, saber que tienes lados flacos, que tienes que poder pedir ayuda y aceptar que te equivocas, debes aceptar humildemente que necesitas de los otros.

Por último, la O de esta peculiar fórmula es la O de osadía; hay que tener el coraje de enfrentarse con lo que la vida te enfrente, la valentía de no salir corriendo, de no dejar la tarea difícil en manos de otros. Debes aprender a hacerte cargo de lo que la vida te pone enfrente.

Esta agua así formada (humildad, honestidad y osadía) es lo que cada uno necesita para conocerse, saberse y aceptarse tal como es. Dice la Biblia dos cosas que suelen ser tomadas como contradictorias. En un lugar, la Biblia dice “sólo se ama aquello que se conoce”. En otro lugar, la Biblia dice “sólo se conoce aquello que se ama”. Yo apostillo que son la misma cosa: conocer verdaderamente termina haciendo amar lo que se conoce, y amar verdaderamente hace que se conozca lo amado. Por tanto, habrá que dejar de tener miedo, porque el camino de conocerse y de aceptarse llevará a la persona a valorarse, a tener ciertas cuotas de sano amor propio, un amor desde el cual saldrá el amor por los demás.

Alguien creerá que estoy haciendo apología de la mezquindad, del individualismo y de la egolatría. Como terapeuta sé que mi amor por los demás se puede nutrir solamente del amor que yo he aprendido a tener por mí. Pensar que alguien que se quiera a sí mismo no puede querer a los demás es pensar que nuestro amor tiene una cuota limitada, es creer que, si uno tiene dos hijos, no puede tener tres porque deberá restar amor a los dos primeros para dárselo al tercero. Todos sabemos que eso no es verdad. Nuestra capacidad de amar es infinita.

Por lo tanto, hay espacio para quererse, cuidar y ocuparse de uno. Sólo queriéndote podrás saber que eres protagonista de tu vida, te guste o no. Cuando te enteres de ello podrás aceptar que, además, tienes una importante participación en el guión de esa película. Cada uno es corresponsable de todo lo que le pasa. Quiero decir que, si bien es cierto que no se es el único responsable, siempre hay un pedacito de responsabilidad, aunque el porcentaje varíe; y hace falta que esto se asuma porque, si es así, también se asumirá que se es cómplice de lo que sucede, y, por tanto, nos daremos cuenta no sólo de la responsabilidad que tenemos, sino también del poder que ejercemos sobre nuestra propia vida, y no sobre la de los demás. Dejemos que cada uno sea responsable de lo que hace y de lo que dice, y también de lo que no hace ni dice. Hagamos que cada uno sea dueño de sus sentimientos.
Jorge Bucay

 

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