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El futuro

El futuro

Y un joven le pidió:
«Háblanos de lo que nos depara el futuro.»

Y él respondió:
Todos sabemos lo que nos espera en el futuro: la Dama de la Guadaña. Esta puede llegar en
cualquier momento, sin avisar, y decir: «Vamos, tienes que acompañarme.»
Y aunque no queramos, no tenemos elección. En ese momento, nuestra mayor alegría, o nuestra
mayor tristeza, será mirar al pasado.
Y contestar a la pregunta: «¿Habré amado lo suficiente?»
Ama. No me refiero tan sólo al amor hacia otra persona. Amar significa estar disponible para los
milagros, para las victorias y las derrotas, para todo lo que pasa durante cada día que se nos permite
caminar sobre la faz de la Tierra.
Nuestra alma está gobernada por cuatro fuerzas invisibles: amor, muerte, poder y tiempo.
Hay que amar, porque Dios nos ama.
Hay que recordar la existencia de la Dama de la Guadaña para entender bien la vida.
Hay que luchar para crecer, pero sin caer en la trampa del poder que obtenemos con ello, porque
sabemos que no vale nada.
Finalmente, hay que aceptar que nuestra alma —aunque sea eterna— en este momento está
atrapada en la tela del tiempo, con sus oportunidades y limitaciones.
Nuestro sueño, el deseo que está en nuestra alma, no vino de la nada. Alguien lo puso allí. Y ese
Alguien, que es puro amor y sólo quiere nuestra felicidad, lo hizo porque nos dio, además del deseo,
las herramientas para hacerlo realidad.
Al pasar por un período difícil, recuerda: aunque hayas perdido grandes batallas, has sobrevivido
y estás aquí.
Eso es una victoria. Demuestra tu alegría y celebra tu capacidad para seguir adelante.
Derrama generosamente tu amor por los campos y pastos, por las calles de la ciudad grande y por
las dunas del desierto.
Demuestra que te importan los pobres, porque están ahí para que tú puedas manifestar la virtud
de la caridad.
Y también que te importan los ricos, que desconfían de todo y de todos, mantienen sus graneros
abarrotados y sus cofres llenos, pero a pesar de todo eso no son capaces de alejar la soledad.
Nunca pierdas una oportunidad para demostrar tu amor. Sobre todo hacia aquellos que están
cerca, porque con ellos somos más cuidadosos, por miedo a que nos hagan daño.
Ama. Porque serás el primero en beneficiarte de ello. El mundo a tu alrededor te recompensará,
aunque en un primer momento pienses: «No entienden mi amor.»
El amor no hay que entenderlo. Sólo hay que demostrarlo.
Por tanto, lo que te reserva el futuro depende totalmente de tu capacidad de amar.
Y para eso debes tener absoluta y total confianza en lo que haces. No dejes que otros digan
«Aquel camino es mejor» o «Este trayecto es más fácil».
El mayor don que Dios nos ha dado es el poder de nuestras decisiones.
Todos escuchamos desde niños que aquello que deseamos vivir es imposible. A medida que
acumulamos años, acumulamos también las arenas de los prejuicios, los miedos, las culpas.
Libérate de eso. No mañana, ni hoy por la noche, sino en este momento.
Ya he dicho: muchos de nosotros creemos que herimos a las personas que amamos cuando lo
dejamos todo en nombre de los sueños.
Pero aquellos que realmente nos desean el bien anhelan vernos felices, aunque no comprendan lo
que hacemos y aunque, en un primer momento, utilicen amenazas, promesas o lágrimas para
impedirnos seguir adelante.
La aventura de los días que vendrán ha de estar llena de romanticismo, porque el mundo lo
necesita; por tanto, cuando estés montado en tu caballo, siente el viento en la cara y alégrate por la
sensación de libertad.
Pero no olvides que tienes un largo viaje por delante. Si te entregas demasiado al romanticismo,
puedes caer. Si no te paras a descansar, el caballo puede morir de sed o de cansancio.
Escucha el viento, pero no te olvides del caballo.
Y justo en el momento en el que todo está saliendo bien y tienes tu sueño casi al alcance de la
mano, hay que estar más atento que nunca. Porque, cuando casi lo hayas conseguido, vas a tener un
enorme sentimiento de culpa.
Verás que estás a punto de llegar a donde muchos otros no pudieron, y pensarás que no mereces
lo que la vida te da.
Olvidarás todo lo que has superado, todo lo que has sufrido, todas las cosas a las que has tenido
que renunciar. Y, debido a la culpa, puedes destruir inconscientemente lo que tanto te ha costado
construir.
Éste es el más peligroso de los obstáculos, porque tiene en sí mismo cierta aura de santidad:
renunciar a la conquista.
Pero si el hombre entiende que es digno de eso por lo que tanto ha luchado, entonces se da cuenta
de que en realidad no ha llegado solo. Y debe respetar la Mano que lo condujo.
Sólo entiende su propia dignidad aquel que ha sido capaz de honrar cada uno de sus pasos.

Fragmento de “El manuscrito encontrado en Accra” de Paulo Coelho.

 

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