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En busca de la verdad perdida

verdad

Aceptemos que no somos los dueños de la verdad.
Es el primer paso en el camino del aprendizaje.

Escuchar, debería servirnos sobre todo para aprender
la parte del todo que todavía ignoramos.
Debería, el darnos cuenta de que no tenemos (nadie tiene)
el monopolio de la verdad, y centrarnos en la necesidad
de completarnos con la verdad de otros.

Esto conlleva, claro, una importante cuota de humildad,
porque aprender siempre es un acto humilde.

Anclados a nuestra soberbia, nada puede sernos explicado.
El que no se anima a bajar del pedestal de creer que se
lo sabe todo, nada puede aprender de los demás a los que
sin escuchar desprecia porque supone, o peor aún, decide,
que nada pueden enseñarle.

No quisiera que algún distraído o malintencionado lector
confunda humildad con humillación.

No estoy hablando de la tendencia a someterse a todo
y a todos de “el camello” de Nietzsche sino de la capacidad
de aceptar lo que no se sabe del “buscador”, tal como lo
llamo en Shimriti.

El siguiente paso del camino es entonces aprender a aprender.
Escuchar con humildad.
Saber lo que sabemos y lo que no sabemos y enriquecernos
con el saber de otros.

Cuenta un viejo cuento tradicional que había una vez un
hombre que buscaba la verdad. Le habían dicho que la verdad
era una luz radiante, que iluminaba hasta el más oscuro
de los rincones de la ignorancia.

El hombre buscó y buscó la tal luz y al no hallarla se apresuró
a empezar a decir que la verdad no existía.

Una noche muy clara, cuando bajó a su aljibe por agua, vio en
lo profundo el brillo de un círculo enorme reflejado en el
fondo del pozo.

-Es la verdad -pensó-, existe y la tengo yo en el jardín de mi casa.

Henchido de orgullo y vanidad salió a gritar por el pueblo que
tenía la verdad brillando en el fondo de su pozo de agua.
Muchos se burlaron de él y el hombre los trató con desprecio.
Estos son como yo era -pensó-, no creen en la verdad porque
nunca la han encontrado.

Otros simplemente no le creyeron.
Escépticos -les gritó-.
Y unos pocos le escucharon con atención y le dijeron que
ellos también tenían la verdad en su aljibe.

Estos últimos lo irritaron un poco.
Pensó al principio que eran pobres ingenuos que creían tener
la verdad pero que no la tenían ciertamente; sin embargo
después de ir a la casa de algunos, los más amigos,
comprobó que la luz de sus pozos era por lo menos tan
radiante como la del suyo.

Hay muchas verdades -concluyó-. Cada uno tiene la propia
y todas irradian su propio resplandor.
Un día al visitar el pozo para dejar que la verdad
iluminara su rostro, miró en el fondo y no encontró el
brillante círculo luminoso.

El no lo entendió en un primer momento pero el viento
soplaba muy fuerte esa noche y el agua agitada dentro del pozo
no llegaba a reflejar la luz de la luna que a pesar de todo
brillaba radiante en el cielo.

Pensó que la verdad lo había abandonado y se sintió triste
y desesperanzado.

En un retorno a lo divino alzó los ojos llorosos al cielo… y la vio.
Entonces comprendió. La luz de su aljibe no venía desde dentro.
La suya y la de otros eran el reflejo de la luna en el firmamento
espejada dentro de cada pozo.
Reflejos que iluminan

Así evoluciona nuestra relación con la verdad.
Empezamos desconfiando de que alguna verdad exista.
Antes o después descubrimos un pedacito de ella y nos enamoramos
de nuestro descubrimiento. Nos creemos superiores y dotados,
portadores de una verdad única e incuestionable.
Con el tiempo nos vemos obligados a aceptar que hay otros que
también tienen su verdad; y después de intentar descalificarlos
sin éxito, los incluimos en la lista de elegidos, que por supuesto
integramos, la nómina de aquellos que encontramos la verdad.

Finalmente nos damos cuenta de que la verdad no es algo que alguien
pueda poseer. Nos damos cuenta de que solamente podemos acceder al
tibio reflejo de su luz y esto ni siquiera permanentemente.
Encontramos por fin el lugar de la humildad del que sabe lo que no
sabe y está decidido a aprender.

Aceptemos pues que nadie tiene la verdad, en todo caso poseemos,
y por momentos, pequeños retazos de ella, reflejos de una verdad
mayor que nos ilumina a todos.

Jorge Bucay

 

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