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Fábulas de Fedro

Fábulas de Fedro

Gayo Julio Fedro fue un escritor de fábulas romanas., llamado también Foeder.
Nació hacia el año 15 a. de C. en Macedonia. Llegó a Roma como esclavo. Recibió la libertad de manos de Augusto y desarrolló su actividad literaria durante los reinados de Tiberio, Calígula y Claudio. Murió hacia el año 55 d. de C.
Publicó en cinco libros su colección de fábulas latinas en verso. Muchos de los temas de estas composiciones están tomados de Esopo; otros, sin embargo, proceden de su experiencia personal o se inspiran en la sociedad de la época romana.
Las dos características esenciales de la fábula de Fedro son la diversión y la enseñanza moral. Las fábulas de Fedro encierran una dura sátira contra los poderosos que abusan de su poder, contra los soberbios, los mentirosos, los malvados.

La zorra y el cuervo

Como de una ventana un cuervo un queso robado
quisiera comerse, sentándose en un alto árbol,
lo envidió una zorra, luego así empezó a hablar:
“¡Oh cómo es, cuervo, el brillo de tus plumas!
¡Qué gran belleza llevas en tu cuerpo y en tu rostro!
Si voz tuvieras, ningún ave superior habría”.
Y aquél, mientras quiere también su voz mostrar,
de su boca abierta soltó el queso; rápidamente
la astuta zorra lo arrebató con sus ávidos dientes.
Sólo entonces gimió el cuervo, burlado por su estupidez.

Quienes se alegran al ser alabados por palabras engañosas,
sufren, tarde, castigos de vergonzosa penitencia.

El caballo y el jabalí

Todos los días el caballo salvaje saciaba su sed en
un río poco profundo. Allí también acudía un jabalí
que, al remover el barro del fondo con la trompa y
las patas, enturbiaba el agua. El caballo le pidió
que tuviera más cuidado, pero el jabalí se ofendió
y lo trató de loco.
Terminaron mirándose con odio, como los peores enemigos.
Entonces el caballo salvaje, lleno de ira, fue a buscar
al hombre y le pidió ayuda.- Yo enfrentaré a esa bestia
-dijo el hombre- pero debes permitirme montar sobre tu lomo.
El caballo estuvo de acuerdo y allá fueron, en busca del
enemigo. Lo encontraron cerca del bosque y, antes de que
pudiera ocultarse en la espesura, el hombre lanzó su jabalina
y le dio muerte. Libre ya del jabalí, el caballo enfiló hacia
el río para beber en sus aguas claras, seguro de que no
volvería a ser molestado. Pero el hombre no pensaba desmontar.
-Me alegro de haberte ayudado -le dijo-. No sólo maté a esa
bestia, sino que capturé a un espléndido caballo. Y, aunque
el animal se resistió, lo obligó a hacer su voluntad y le
puso rienda y montura. Él, que siempre había sido libre como
el viento, por primera vez en su vida tuvo que obedecer a un
amo. Aunque su suerte estaba echada, desde entonces se lamentó
noche y día:-¡Tonto de mí! ¡Las molestias que me causaba el
jabalí no eran nada comparadas con esto! ¡Por magnificar un
asunto sin importancia, terminé siendo esclavo!

A veces, con el afán de castigar el daño que nos hacen, nos
aliamos con quien sólo tiene interés en dominarnos.

Fedro

Fuente del texto Wikipedia

 

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