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La compasión se aprende

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Desear el bien a los demás sin esperar nada a cambio, ser generosos, compasivos y amar al prójimo de forma incondicional. Suena utópico hoy día, pero estas cualidades se pueden aprender con muchas horas de meditación, según unos investigadores de la Universidad de Wisconsin (EEUU).

¿Podemos entrenarnos para llegar a ser compasivos? “Sí”, responden sin dudar Antoine Lutz y su equipo en un estudio que publican en ‘PLoS One’. Su trabajo, en el que han comparado mediante imágenes de resonancia magnética funcionales los cerebros de 16 monjes budistas, con más de 10.000 horas de entrenamiento meditativo, con el de 16 voluntarios sanos sin experiencia previa en estas técnicas, concluye que estas emociones positivas se pueden aprender de la misma manera que tocar un instrumento musical.

Asimismo han observado que cultivar la amabilidad y la compasión a través de la meditación afecta a regiones del cerebro que pueden hacer a una persona más empática hacia los estados mentales de los demás. Estas áreas son la ínsula —una zona relacionada con el sistema límbico y que juega un papel fundamental en la representación de las emociones— y la zona temporal parietal del hemisferio derecho, implicada en procesar la empatía y en percibir los estados emocionales de otros.

“La ínsula es especialmente importante para detectar emociones en general y, específicamente, en originar las respuestas a esa emoción y pasar la información a otras partes del cerebro”, explica J. Davidson, uno de los autores del estudio. “Cuánto más nivel de meditación tenían los participantes más fuerte era la respuesta de esta área”, comenta. El trabajo muestra que tanto esta región como la del hemisferio derecho se activaban de manera más fuerte en los expertos en meditación que en los novatos.

Los investigadores indican que “podemos sacar partido de la plasticidad de nuestro cerebro y entrenarlo para lograr estas cualidades, que además pueden ser útiles para prevenir la depresión”. Sin embargo, los autores están especialmente interesados en enseñar estas tácticas de meditación a los adolescentes, ya que consideran que es una buena aproximación para evitar las agresiones y la violencia.

Los gritos de una mujer o la risa de un bebé

En el experimento, los participantes escucharon diferentes sonidos humanos, unos positivos y otros negativos, diseñados para evocar respuestas empáticas. Estos sonidos incluían el grito de una mujer angustiada, el ruido de un restaurante o la risa de un bebé, entre otros.

Todos los participantes mostraron mayores grados de activación cerebral ante los sonidos mientras estaban meditando que en los estados de reposo y los monjes expertos tenían mayor nivel de actividad, sobre todo ante los sonidos negativos, que los novatos, lo que indica que están más capacitados para ponerse en el lugar de los otros.

El estudio confirma lo que otros trabajos con resonancia magnética y PET habían apuntado: observar o imaginar el estado emocional de otras personas activa partes de la red neuronal implicadas en reflejar el mismo estado en uno mismo, ya sea disgusto, dolor o alegría.

Muchas tradiciones y culturas utilizan la compasión y la amabilidad para aliviar el sufrimiento del prójimo a través de técnicas que incluyen entrenar la concentración, practicar la generosidad, estrategias cognitivas y la visualización del dolor ajeno. Este proceso requiere años de entrenamiento. Lo primero que recomiendan los expertos es concentrarse en desear el bien a los seres queridos y, después extender estos sentimientos a toda la humanidad, sin pensar en nadie en concreto.

Articulo de Isabel F. Lantigua publicado en El Mundo.

 

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