Blog

La derrota

La derrota

Entonces, mi vecino Yakob pidió:
« Háblanos sobre la derrota ».

¿Puede una hoja, cuando cae del árbol en invierno, sentirse derrotada por el frío?
El árbol le dice a la hoja: «Éste es el ciclo de la vida. Aunque pienses que morirás,
en verdad todavía sigues en mí. Gracias a ti estoy vivo, porque puedo respirar.
También gracias a ti me sentí amado, porque pude darle sombra al cansado viajero.
Tu savia está en mi savia, somos una misma cosa». ¿Puede un hombre que se
preparó durante años para subir la montaña más alta del mundo sentirse derrotado
cuando llega ante el monte y descubre que la naturaleza lo cubrió con una tempestad?
El hombre le dice a la montaña: «Tú no me quieres ahora, pero el tiempo cambiará y
un día podré subir hasta tu cima. Mientras tanto, tú seguirás ahí, esperándome».
¿Puede un joven, cuando es rechazado por su primer amor, afirmar que el amor no
existe? El joven se dice a sí mismo: «Encontraré a alguien capaz de entender lo que siento.
Y seré feliz por el resto de mis días». No existen victoria ni derrota en el ciclo de la
naturaleza: existe movimiento. El invierno lucha por reinar soberano, pero al final es
obligado a aceptar la victoria de la primavera, que trae consigo flores y alegría.
El verano quiere prolongar sus días cálidos para siempre, pues está convencido de
que el calor trae beneficios a la tierra. Pero termina aceptando la llegada del otoño,
que permitirá que la tierra descanse. La gacela come las hierbas y es devorada por el león.
No se trata de quién es más fuerte, sino de cómo nos muestra Dios el ciclo de la muerte
y la resurrección. Y en este ciclo no hay vencedores ni perdedores: sólo etapas que
deben ser cumplidas. Cuando el corazón del ser humano comprende eso, es libre.
Acepta sin pesar los momentos difíciles y no se deja engañar por los momentos de gloria.
Ambos pasarán. Uno sucederá al otro. Y el ciclo continuará hasta que nos liberemos
de la carne y nos encontremos con la Energía Divina. Por lo tanto, cuando el luchador
esté en la arena, sea por elección propia, sea porque el destino insondable lo puso
ahí, que su espíritu tenga alegría en el combate que está a punto de trabar.
Si mantiene la dignidad y la honra, puede perder la batalla, pero jamás será derrotado,
porque su alma estará intacta. Y no culpará a nadie por lo que le está sucediendo.
Desde que amó por primera vez y fue rechazado entendió que eso no mataba su
capacidad de amar. Lo que es válido para el amor es válido también para la guerra.
Perder una batalla, o perder todo lo que pensábamos que poseíamos, nos trae
momentos de tristeza. Pero cuando éstos pasan, descubrimos la fuerza desconocida
que existe en cada uno de nosotros, la fuerza que nos sorprende y aumenta el respeto
que tenemos por nosotros mismos. Miramos a nuestro alrededor y nos decimos:
«Yo sobreviví». Y nos alegramos con nuestras palabras Sólo aquellos que no
reconocen esa fuerza dicen: «Yo perdí». Y se entristecen. Otros, aun sufriendo por
la pérdida y humillados por las historias que los vencedores cuentan sobre sí mismos,
se permiten derramar algunas lágrimas, pero nunca sienten lástima de sí mismos.
Sólo saben que el combate fue interrumpido y que en ese momento están en desventaja.
Escuchan los latidos de su corazón. Se dan cuenta de que están tensos. De que tienen miedo.
Hacen un balance de su vida y descubren que, a pesar del terror que sienten, la fe sigue
incendiando su alma y empujándolos hacia delante. Procuran saber dónde se equivocaron
y dónde acertaron. Aprovechan el momento en que están caídos para descansar, curar
las heridas, descubrir nuevas estrategias y equiparse mejor. Y llega un día en que
un nuevo combate toca a su puerta. El miedo sigue ahí, pero ellos necesitan actuar,
de lo contrario permanecerán para siempre acostados en el suelo. Se levantan y
encaran al adversario, recordando el sufrimiento que vivieron y que ya no quieren vivir más.
La derrota anterior los obliga a vencer esta vez, ya que no quieren pasar de nuevo por los
mismos dolores. Y si la victoria no ocurriera esta vez, ocurrirá la próxima. Y si no fuera
en la próxima, será más adelante. Lo peor no es caer, es quedar preso en el suelo.
Sólo es el derrotado quien desiste. Todos los demás son vencedores.
Y llegará el día en que los momentos difíciles serán sólo historias que contar,
orgullosos, a quienes quieran escucharlas. Y todos las escucharán con respeto y
aprenderán tres cosas importantes: A tener paciencia para esperar el momento
adecuado para actuar. A tener sabiduría para no dejar escapar la próxima oportunidad.
Y a sentirse orgullosos de sus cicatrices. Las cicatrices son medallas grabadas a fuego
y hierro en la carne. Y dejarán a sus enemigos asustados, al demostrar que la
persona que tienen delante posee mucha experiencia de combate.
Muchas veces, eso los llevará a buscar el diálogo y evitará el conflicto.
Las cicatrices hablan mucho más alto que la lámina de la espada que las causó.

Fragmento de “El manuscrito encontrado en Accra” de Paulo Coelho.

 

Follow

Get every new post on this blog delivered to your Inbox.

Join other followers: