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La princesa Amira

Amira

Hace muchos años, en el Reino de Estambul, nació una pequeña a la que su madre puso el nombre de Amira.

Amira era una princesa, pero curiosamente, no nació en un palacio ni su padre el Rey le dio la bienvenida. Vino al mundo en la casa de sus abuelos, y su tía, que era bailarina, presenció junto a muchas bailarinas amigas suyas, el nacimiento de… la pequeña. Fue idea de su tía Laila poner música durante el parto, por lo que Amira fue recibida en este mundo con alegres canciones y la compañía de un grupo de mujeres que dedicaban su vida a la danza.

Farida, la madre, hacía un año que se había casado con el rey de la poderosa ciudad, pero el rey era un hombre adicto a una droga que le hacía sufrir alucinaciones y volverse violento, por lo que Farida, cuando quedó embarazada, decidió huir por temor a que el rey en uno de sus arrebatos pudiese lastimar al bebé. El Rey, en venganza, la repudió y desheredó a su futura hija.

Fue por eso que Amira, la princesa, no nació en el magnífico palacio de su padre, sin embargo, su vida, desde su nacimiento, quedó marcada por la música y el baile y creció con un deseo, el de ser bailarina.

Farida pasaba mucho tiempo con su pequeña, y siempre la llamaba princesa, para hacerle sentir lo que en realidad era. Para la pequeña Amira inventaba historias fantásticas con las que la entretenía y curaba de todos los males. Entre madre e hija se había creado un vínculo que nada ni nadie podría romper, y la princesa, de ojos oscuros y largas pestañas, crecía preciosa, sana y esbelta.

Cuando Amira tenía siete años y su padre había muerto sin que llegase a conocerle, su madre se volvió a casar con un guerrero llamado Kabir que venía de lejanas tierras. Al principio todo fue bien para el nuevo matrimonio, hasta que Kabir cayó preso de una extraña enfermedad que le hizo volverse taciturno y frío. Esta dureza y frialdad envolvió la casa donde vivían y madre e hija no se atrevían a reír ni a cantar ya que ello molestaba a Kabir y le hacía aún más oscuro, y una negra noche se instaló en la casa a pesar de las velas que Farida encendía en todas las estancias. Esta vez Farida no huyó y madre e hija resistieron apoyándose la una en la otra, tratando de no incomodar a Kabir a costa de hacerse casi invisibles.

Fue aquí cuando el destino intervino, cuando Amira tenía diecisiete años. Aquel día acudieron invitadas a los festejos de una boda, se casaba la hija mayor de una familia vecina inmensamente rica y era el día dedicado a las mujeres, por lo que Farida y su hija se presentaron llevando como regalo un tapiz que Farida había confeccionado de forma perfecta.

El salón donde se celebraba el festejo era inmenso, decorado con columnas y ricos trabajos artesanales en paredes y techos. Las mesas estaban ricamente adornadas y la cena, abundante y exquisita, estuvo servida por ágiles camareros que iban y venían frenéticamente. Ellos y los músicos eran los únicos hombres permitidos en el lugar, lleno de alegres voces femeninas, pues las mujeres se encontraban distendidas y contentas y con el único cometido de pasarlo bien. Para la ocasión habían elegido túnicas de vistosos colores y las telas iban adornadas de pedrería, encajes y bordados maravillosos… Amira y su madre iban vestidas de forma sencilla y la anfitriona quiso que arreglasen a la joven con ropas de su hija. Cuando Amira regresó al salón, todas las mujeres la miraron como si la viesen por primera vez y es que, vestida con un brillante traje de color rojo, estaba espectacular.

Lo que nadie podía imaginarse vino a continuación, cuando las jóvenes salieron a bailar y las mayores aprovechaban para elegir entre ellas a sus futuras nueras. Varias mujeres sacaron a bailar a Amira, que curiosamente, era la primera vez que bailaba en su vida, no en vano en su casa estaba prohibida la música, la risa y el canto. Pues bien, Amira comenzó a bailar con tal gracia, elegancia y belleza que las otras mujeres se fueron sentando para poder observarla mejor y se quedó sola, bailando como poseída ante la novia y todas las invitadas, mientras la orquesta tocaba como hipnotizada, sin que tampoco los músicos pudiesen apartar sus ojos de ella.
Nadie parecía respirar, y fue solo cuando Farida ordenó a la orquesta parar, que las mujeres aplaudieron y felicitaron a madre e hija. Ya no se habló de otra cosa en lo que restó de la noche y fue en esa primera actuación donde Amira decidió firmemente ser bailarina.

Acompañada de su madre, la Joven Amira viajó a Egipto, donde aprendió los secretos de la danza oriental con la más grande maestra de entonces, y comenzó a actuar acompañada de los mejores músicos y a enseñar su arte a un grupo de bailarinas.

Tal fue el éxito de Amira que su fama llegó hasta el palacio del Sultán egipcio y éste deseó verla bailar, a lo que accedió la joven entre nerviosa y encantada.. El salón del baile del palacio era impresionante y aún más a la luz de innumerables velas.
Una orquesta de quince músicos comenzó a tocar cuando Amira entró en la sala cubierta por un largo velo irisado y comenzó a moverse igual que la más suave y delicada de las brisas, y cuando apartó el velo de sí, todos se maravillaron porque creyeron estar ante la diosa de la danza, tan sublime, sensual y perfecto era su baile.

El Sultán quedó prendado de Amira y la cortejó hasta hacerla su esposa, cumpliéndose su destino de ser princesa.

Y aquí termina el cuento de Amira, la Princesa, que vivió feliz en Egipto hasta el final de sus días, como la amantísima esposa del Sultán, aunque también es recordada como una de más grandes bailarinas que hayan existido.

Cuento árabe de autor desconocido.

 

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