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La sangría del suicidio en España

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Dice el INE que el suicidio es la primera causa de muerte no natural en España. En 2010 se regirstraron 3.145 muertes en España por este motivo (http://www.ine.es/prensa/np703.pdf) lo que equivale a 9.3 suicidios al día. Están por encima de las víctimas de accidentes de tráfico. Y eso parecen ser buenas noticias.

Los optimistas de la crisis, es decir, aquellos periódicos que se dedican a vender las políticas del Gobierno de cualquier forma y ante cualquier adversario, explican que son buenas cifras. Resulta que en España, según su interpretación, la crisis no ha incrementado el número de suicidios, a diferencia de Grecia, donde han subido un escandaloso 40%. Para ello, se valen de cifras de años anteriores y de conclusiones de sociólogos, tan complejas, tan “brillantes” como estas de Luis Garrido, profesor de la UNED: “Ésta es la tercera crisis de empleo que vivimos y la situación laboral de los varones en las tres crisis ha sido igual: ésta no es más grave que las anteriores”.

Además, resulta que un 70% de los suicidas son hombres

En la mayor parte de suicidios se recurre al método del ahorcamiento o del salto al vacío. En tercer y cuarto lugar quedan el consumo abusivo de fármacos y el disparo de arma de fuego. Nadie, o casi nadie, se corta las venas.

Lo que no cuenta esta estadística, y de lo que no se preocupa tampoco, es de las causas, las motivaciones, los problemas que desembocan en que una persona desee prescindir de lo único que tiene seguro, que es la vida, y los problemas que subyacen a ello.

Existe un tabú social entorno al suicidio, según el cual, no se debe de hablar de él para evitar el efecto contagio. Este efecto, por cierto, no es tomado en cuenta en los casos de violencia de género, que se publicitan al máximo y donde, se supone, que la repulsa al agresor va por encima del supuesto contagio de quien ve que otros, en un caso parecido, matan a sus parejas.
Este tabú social va más allá y tiene sus raíces en los pilares del cristianismo. Se supone que las familias con un suicida prefieren vivir en el silencio, que su dolor se cure de puertas para dentro, sin ayudas sociales, sin apoyo psicológico para los padres, hermanos o parejas de estas personas. Porque es una vergüenza, en cierto modo. En cualquier caso, es un método más barato para el Estado.
Además, existe el convencimiento social de que tras estos casos hay personas desequilibradas, precondicionadas a autolesionarse. El suicidio es cosa de locos. Es una pena, sí, pero forma parte del oscuro mundo de las enfermedades mentales.

Estas tres teorías, aceptadas socialmente, justifican otras muchas cosas. Son falacias que, pudiendo tener un punto de conexión con la realidad de este drama social, justifican un total alejamiento del Estado hacia los problemas de sus ciudadanos. Se abaratan costes y no se investigan causas para no encontrar culpables. Porque, ¿Qué es lo que no dicen estos datos fríos?

Primero, esquivan conscientemente las razones que desembocan en el suicidio. Vale. Asumimos que tras ellos está la soledad, pueda haber alguna alteración mental que hace que unas personas decidan hacerlo mientras otras, en sus mismas situaciones, quieran seguir adelante. Pero la debilidad no debería estar penada con un silencio social que busca, conscientemente, no problematizar el asunto. Tras los suicidios están los dramas personales, que cada uno vive a su manera. Pero tras las rupturas sentimentales, tras las situaciones de soledad o abandono, también hay (no siempre pero sí habitualmente) un deterioro de las situaciones económicas. El incremento de la tensión en el hogar, cuando no se tiene empleo, cuando no se pueden pagar los recibos, puede ser el factor que desencadena esa soledad, ese abandono. ¿Alguien en su sano juicio podría ponerlo en duda?

Los datos del INE hablan del año 2010. El agravamiento de la crisis se produce especialmente en 2011. Dicho de otra manera. La crisis (como eufemismo de estafa) llega antes como un ente abstracto que se instala en nuestras vidas. Es en 2011 cuando se empiezan a desarrollar políticas conscientes que la agravan, que inciden directamente en la vida de las personas. Esas políticas que aceleran y facilitan despidos, desahucios y demás, que son factores posibilitadores del deterioro social que puede desembocar en muchas cosas, pero también en el número de suicidios. Quienes confían en los dirigentes lo viven como un mal necesario, una gripe que deben pasar, porque tienen que justificar su voto. Quienes creemos que todo esto es una mentira, podemos encontrarnos con la desesperanza, con la ruptura de una solidaridad social en la que creemos. Que no sean tan optimistas los optimistas y esperen a que el INE, innecesariamente lento al dar sus datos, nos dé cifras de años posteriores.

Tampoco dicen nada estos datos sobre los recortes en programas de atención social, a través de servicios sociales cuando se detectan estos problemas en el entorno familiar, o a través de los centros de Salud Mental cuando las raíces del problema vienen directamente de ese campo. Se explica una cosa para que no se formulen preguntan sobre otras. Así es como funciona.

Sabemos el número de suicidas al año, pero no el de intentos de suicidio. Algunos expertos estiman que esta cifra oscila entre 15 y 20 diarios. Esto significa que se suicidan en España 9 personas al día, pero que lo intentan casi 30 personas al día. Durante un fin de semana, tendríamos cerca de 60 personas que desean quitarse la vida, de las cuales lo consiguen cerca de 20. Son 20 cadáveres, 20 familias rotas, que difícilmente superarán el duelo. ¿Y todavía lo circunscriben al deterioro mental? Puede ser al revés, el deterioro mental de muchas personas comienza el día en que un familiar querido se quita la vida. Las líneas intrafamiliares de suicidio han sido estudiadas desde el Siglo XIX.

Que no se sacudan este problema de encima los dirigentes políticos. Que no lo hagan aunque las cifras (las que ellos publican y sus medios vocean) les “favorezcan”. Da igual la crisis, los suicidios son una constante y en ellos intervienen muchos factores. La situación económica es uno de ellos, pero que puede tener una incidencia fundamental, porque puede posibilitar el deterioro de otras cuestiones dentro del seno afectivo. Lo que aquí está en juego siempre es el sentimiento de culpa, que muchas veces unos se autoinstalan o señalan hacia otros, para no señalar a un sistema (con crisis o sin él) que favorece la desigualdad y a un modelo de valores que cierra las puertas al problema dejándolo en la intimidad, tal y como hacía hasta hace pocos años el de la violencia machista.
Es hora de romper puertas y denunciar esta sangría de 9 ciudadanos que desaparecen diariamente en nuestro país. Es hora de intentarlo, de asumir un papel social responsable, la solidaridad, como elemento de ayuda a víctimas y familiares. Es hora de exigir medios. Es hora de romper con ese modelo falaz que todos hemos creído sobre las cosas “de las que no se pueden hablar”. Y, si detrás de todo esto, sigue habiendo 8 de esas 9 personas que siguen privándose de la vida, habremos ganado una, que son 365 personas al año, nada menos. Y, aunque no se consiguiera nada, no dejamos de tener la obligación de intentarlo.

Fuente del texto EL BLOG DE RASKÓLNIKOV.

 

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