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La tontocracia

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También yo prefiero el ¡Hola! a un ensayo de Nietzsche en la consulta del dentista, no coincido con el puritanismo intelectual que toma por idiota a todo aquel que ve programas del corazón y soy capaz de emocionarme viendo a 22 millonarios perseguir un balón de fútbol durante 90 minutos. El problema no es la prensa rosa o el fútbol, sino la forma en la que ambos han abandonado su espacio natural como entretenimiento hasta parasitarlo todo. Que se hayan convertido en principal motivo de conversación en los bares, desvelos de los adolescentes, único interés de la mayoría y principal ocupación incluso de los medios generalistas, capaces de enviar a tres reporteros a un partido y seis a la última boda social, pero ninguno a preguntar a esos miles de derrotados por la crisis que llenan los comederos sociales.

No hace falta que la televisión sea una sucesión de crisis, política, guerras y hambrunas. La vida está, afortunadamente, hecha de más cosas. Lo preocupante es que muchos jóvenes estén dispuestos a tomar las calles por un título de fútbol, pero no cuando les roban el futuro delante de sus narices; que sus mayores pasen horas siguiendo las intimidades de gentes sin mérito, mientras el dinero de su sanidad se destina a compensar a los banqueros; que ni unos ni otros sepan ni les importe nada de lo que ocurre en Siria, pero sean capaces de recitar la lista completa de los concursantes de Gran Hermano. De ésta y de las anteriores 12 temporadas en las que ha liderado la audiencia.

El fútbol o la prensa rosa están aquí para quedarse y no se trata de pedir su desaparición, sólo que no terminen por conquistarlo todo. Finalizada la Eurocopa, agasajados los héroes y cubiertas las últimas curiosidades sobre la vida privada del portero y la periodista, antes de que empiece la próxima Liga y famosos sin mérito vuelvan a hacer suyos los platós de televisión, quizá podríamos hacer una pausa y preguntarnos si hemos puesto suficiente atención en lo esencial. Si la corrupción, la crisis económica, la estafa de los bancos, la impunidad de los poderosos y la incompetencia de los políticos habrían sido posibles en una sociedad menos anestesiada por la sobredosis de fútbol, chismorreo y frivolidad que nos ha convertido en una tontocracia.

David Jiménez, periodista y escritor.

 

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