Blog

“Soltar, dejar, partir” y lll

Soltar, dejar, partir” y lll

Cuentan que en una isla vivían todas las emociones humanas… todas.
Vivía allí, la misericordia y el miedo, el amor y el odio, vivía también la sabiduría, el conocimiento, la previsión, la vanidad, la tristeza… Todas vivían en esa isla.

Un día, la sabiduría reunió a todos los habitantes de la isla y les dijo:

–Señoras y señores tengo una mala noticia para darles: La isla se hunde, esta isla va a desaparecer para siempre y aquellos que no la abandonen desaparecerán también del corazón del hombre por toda la eternidad.

Todos se angustiaron, preguntaron ¿Pero estas segura sabiduría? ¿No puede haber error?.

La sabiduría dijo:

-Yo nunca me equivoco

-Y entonces que hacemos.

La sabiduría contesto:

-Bueno… ustedes deberían dedicarse a construir un barco, un bote, una balsa o algo que les lleve a una isla lejana, la previsión y yo ya hemos construido un avión y en cuanto termine de decirles esto volaremos a la otra isla.

Y asi fue y llevando de polizón al Miedo, que como no es zonzo ya se había escondido en el avión, la sabiduría y la previsión volaron de la isla.

Y todos se dedicaron a construir alguna manera de dejar el lugar, nadie quería desaparecer para siempre, todos… menos el Amor.

Porque el Amor pensó, como dejar este lugar, después de tantas cosas vividas, después de tantas cosas sentidas, y volvió a subir a cada árbol, y a oler cada flor, y fue a la playa y se revolcó en la arena como tantas veces había hecho y penetro en cada cueva, en cada rincón de la isla y en un momento prefirió pensar que quizás la isla se hundía por un momento, pero luego resurgía y volvía a ser la isla que el había conocido.

Pero como respuesta la isla dio un cimbronazo y se hundió bastante mas.

El amor se dio cuenta que por no construir un barco iba a desaparecer, el amor iba a desaparecer para siempre.

Así que fue hasta la bahía el lugar mas elevado de la isla, pensó en pedir ayuda a alguno de sus compañeros y compañeras y vio venir el barco de la riqueza, un barco enorme y lujoso.

–Riqueza, tú que tienes un barco tan grande, ¿no me llevarías hasta la isla vecina? Yo sufrí tanto la desaparición de esta isla que no pude fabricarme un bote…

Y la Riqueza le contestó:

–Estoy tan cargada de dinero, de joyas y de piedras preciosas, que no tengo lugar para ti, lo siento… –y siguió su camino sin mirar atrás.

El Amor se quedó mirando, y vio venir a la Vanidad en un barco hermoso, lleno de adornos, caireles, mármoles y florecitas de todos los colores. Llamaba muchísimo la atención.

El Amor se estiró un poco y gritó:

–¡Vanidad… Vanidad… llévame contigo!

La Vanidad miró al Amor y le dijo:

–Me encantaría llevarte, pero… ¡tienes un aspecto!… ¡estás tan desagradable… tan sucio y tan desaliñado!… Perdón, pero creo que afearías mi barco––y se fue.

Y cuando pensó que ya nadie más pasaría, vio acercarse un barco muy pequeño, el último, el de la Tristeza.

–Tristeza, hermana –le dijo–, tú que me conoces tanto, tú no me abandonarás aquí, eres tan sensible como yo… ¿Me llevarás contigo?

Y la Tristeza le contestó:

–Yo te llevaría, te lo aseguro, pero estoy taaaaan triste… que prefiero estar sola –y sin decir más, se alejó.

Y el Amor se sento a llorar, no quería privar al mundo de si mismo.

De pronto, el Amor escuchó que alguien chistaba:

–Chst-chst-chst…

Era un desconocido viejito que le hacía señas desde un bote de remos.

El Amor se sorprendió:

–¿A mí? –preguntó, llevándose una mano al pecho.

–Sí, sí –dijo el viejito–, a ti. Ven conmigo, súbete a mi bote y rema conmigo, yo te salvo.

El Amor lo miró y quiso explicar:

–Lo que pasó fue que yo me quedé…

–Yo entiendo –dijo el viejito sin dejarlo terminar la frase–, sube.

El Amor subió al bote y juntos empezaron a remar para alejarse de la isla.

No pasó mucho tiempo antes de ver cómo el último centímetro que quedaba a flote terminó de hundirse y la isla desaparecía para siempre.

–Nunca volverá a existir una isla como ésta –murmuró el Amor, quizá esperando que el viejito lo contradijera y le diera alguna esperanza.

–No –dijo el viejo– como ésta, nunca.

Cuando llegaron a la isla vecina, el Amor comprendió que seguía vivo. Se dio cuenta de que iba a seguir existiendo.

Giró sobre sus pies para agradecerle al viejito, pero éste, sin decir una palabra, se había marchado tan misteriosamente como había aparecido.

Entonces, el Amor, muy intrigado, fue en busca de la Sabiduría para preguntarle:

–¿Cómo puede ser? Yo no lo conozco y él me salvó… Todos los demás no comprendían que me hubiera quedado sin embarcación, pero él me ayudó, él me salvó y yo ni siquiera sé quién es…

La Sabiduría lo miró a los ojos largamente y dijo:

–Él es el único que siempre es capaz de conseguir que el amor sobreviva cuando el dolor de una pérdida le hace creer que es imposible seguir. El único capaz de darle una nueva oportunidad al amor cuando parece extinguirse. El que te salvó, Amor, es el Tiempo.

Jorge Bucay

Vídeo de VREVEAL, con voz de Jorge Bucay

 

Follow

Get every new post on this blog delivered to your Inbox.

Join other followers: